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martes, 7 de noviembre de 2017
viernes, 29 de septiembre de 2017
TECNOADICTOS - Los peligros de la vida online - El nuevo libro de Enzo Cascardo y María Cecilia Veiga
“Las acciones de los hombres
son los mejores intérpretes
de sus pensamientos.”
James Joyce
Como profesionales de la salud mental, somos permanentes
observadores de los cambios a nivel social, cultural y tecnológico, y de cómo
estos cambios pueden impactar en la conducta humana.
Estamos siendo testigos del advenimiento y la utilización
cada vez mayor de nuevas tecnologías, Internet en sus distintas variables,
videojuegos, computadoras, notebooks, teléfonos celulares, smartphones,
tablets. Y nos resulta llamativa la manera particular en la que algunos
pacientes se relacionan con las mismas.
Alexander Luria, neuropsicólogo y médico ruso, expresó con
claridad la relación entre la historia, la cultura y los procesos psicológicos
del ser humano en la siguiente frase: “Parece sorprendente que la ciencia de la
psicología ha evitado la idea de que muchos de los procesos mentales son de
tipo social e históricos en sus orígenes, o que las manifestaciones importantes
de la conciencia humana se han visto directamente determinadas por las
prácticas básicas de la actividad humana y las formas reales de la cultura.”
¿Hacia dónde vamos?
No hay duda alguna de que los avances en tecnología nos
cambian la vida. La tecnología es un producto social y es parte de un proceso
complejo. Se crea a partir de instituciones, de personas que la producen y de
usuarios que se apropian de ella y la adaptan a sus propios intereses y
necesidades. Existe un ida y vuelta infinito en la relación entre la producción
de nuevas tecnologías y su uso en la sociedad.
Ha sido así desde los principios de la humanidad. Cada
invento que ha creado el ser humano, como las herramientas de metal, la rueda,
la penicilina, por nombrar algunos, han sido cruciales para el desarrollo de la
sociedad moderna.
La tecnología ha revolucionado, entre otras áreas, la
comunicación interpersonal. La radio, el teléfono, los satélites, Internet han
hecho posible establecer puentes entre personas que se encuentran en puntos
opuestos del globo terráqueo. Es, simplemente, maravilloso.
A partir de la década de los noventa, con el uso extendido
de Internet, se han producido cambios a nivel global que impactan directamente
en nuestro comportamiento, en nuestra cultura y hasta en la manera en la que se
estructura la sociedad. Son cambios paulatinos que, sobre todo quienes hemos
vivido (y sobrevivido) gran parte de nuestras vidas sin Internet, apenas
notamos en retrospectiva. Nos cuesta recordar cómo eran las cosas antes de que
la red global se colara en nuestros trabajos, en nuestro tiempo libre, en
nuestras relaciones sociales, etc.
Lo cierto es que vivimos en una nueva estructura social, que
es global y en red. Una perspectiva tentadora si pensamos en el concepto de
todo lo que podemos compartir. Sin embargo, esta nueva cultura está
caracterizada por la búsqueda incesante de la autonomía y la individualidad.
Son cambios sociales que también producen cambios en nuestro comportamiento. Ya
no le preguntamos al diariero del barrio dónde queda tal o cual calle cuando
estamos perdidos, la buscamos nosotros mismos en el GPS. Es cada vez más raro
pedirle a alguien que nos saque una foto, ahora hacemos selfies. Es así como
vivimos, inmersos en la cultura de la individuación como nueva forma de
comportamiento social.
Estos cambios tecnológicos, culturales y sociales acarrean
nuevos problemas y el desafío implícito de encontrar la manera de resolverlos.
En relativamente poco tiempo, Internet se ha metido en nuestros hogares,
trabajos y escuelas. Y atraviesa casi todo lo que conocemos hoy en día, incluso
las enfermedades que puede ocasionar, y lo que a nosotros nos compete: la salud
mental.
¿Un nuevo trastorno psiquiátrico?
Como dijimos, vivimos en la era de la tecnología. Cada vez
dependemos más de ella para resolver situaciones cotidianas, para ser
productivos, para interactuar con una o más personas en tiempo real, para
obtener información inmediata, entre tantas otras cosas. Es innegable que
utilizamos la tecnología para actividades que nos son significativas y
necesarias. Uno de los mayores impactos de Internet en la sociedad moderna es
el cambio progresivo de costumbres, que regulan e interfieren con el comportamiento cotidiano.
Por ejemplo, hace dos décadas nadie mostraba lo que estaba haciendo en un
momento determinado a través de una foto para que fuera vista al instante por
cientos de personas en una red social.
Por todo esto, nos es muy difícil establecer una línea
divisoria entre necesidad y adicción cuando se trata de la tecnología. ¿Usamos
Internet como herramienta o como vía de escape para aliviar nuestros problemas
cotidianos? ¿Usamos Internet porque necesitamos obtener información o porque
algo en nuestro estado de ánimo nos resulta displacentero y necesitamos un
cambio?
A diferencia de otras problemáticas, en este campo
encontramos que hay un delgado hilo que separa la normalidad de la patología.
Estamos dando pasos gigantes hacia el futuro pero, ¿estamos preparados para
afrontar las nuevas enfermedades que estos cambios acarrean?
El hecho de que haya personas que dejen de comer
regularmente, dejen de salir de sus casas, abandonen actividades sociales,
laborales y deportivas, cambien sus hábitos de dormir, dejen de interactuar con
personas de carne y hueso, y las únicas relaciones que obtengan sea a través de
la virtualidad, es un signo de alarma que nos invita a pensar dónde está el
límite saludable en el uso de Internet y la tecnología.
No nos sorprende escuchar testimonios de personas que pasan
más de doce horas al día conectadas, algunas transcurren días enteros sin
dormir porque no han podido abandonar el juego online y otras reciben
cantidades absurdas de mails en un solo día.
Es verdad, la vida está cambiando. Y aceptamos estos
cambios, los abrazamos y los celebramos. Pero no hay forma de que podamos
encuadrar estas conductas nocivas, su frecuencia y, sobre todo, sus
consecuencias, dentro de lo que consideramos saludable. El uso indebido y la
adicción a Internet se han convertido en problemas de salud a nivel global, y
cada vez son más los estudios que revelan datos alarmantes.
Una prestigiosa revista científica, American Journal of
Psychiatry, ha indicado que la adicción a Internet es considerado uno de los
mayores problemas de salud pública que enfrentan países como Corea del Sur. En
esta misma línea otro ejemplo es China, donde aproximadamente 10 millones de
adolescentes padecen este trastorno.
En un estudio realizado en Holanda, diez importantes
clínicas de adicción locales han reportado un creciente interés en el tema, al
ver cómo el número de adictos a Internet crece en dichas instituciones de
manera lenta pero constante.
A pesar de que la prevalencia en la población general
mundial aún es baja, todo parecería indicar que estamos frente a un nuevo
trastorno psiquiátrico. Es muy difícil estimar con certeza cuán grave es el
problema debido a la popularidad y al alcance que tiene la red a nivel mundial.
El hecho de que utilicemos Internet de manera cotidiana ayuda a enmascarar los
comportamientos adictivos y, en muchos
casos, este trastorno es subdiagnosticado.
Para nosotros, como profesionales de la salud mental, esta
nueva patología es todo un desafío. Por un lado, debemos ayudar a los pacientes
a reconocer el problema como tal, identificar objetivos de tratamiento y
reformular sus conductas para que puedan lograr el bienestar. Por otro, en
simultáneo, tratamos de aprender a diagnosticarlo y tratarlo más rápidamente y
mejor para reducir su impacto.
Independientemente del tratamiento terapéutico individual,
creemos que hay políticas en salud pública que podrían generar un cambio social
y, con suerte, frenar el incremento de este trastorno en la población general.
En ese aspecto, varios países han comenzado a tomar cartas
en el asunto y promueven medidas y leyes para tener una cultura digital más
saludable. Recientemente en Francia, por citar un ejemplo, ha entrado en
vigencia una reforma laboral que reconoce el derecho a la desconexión (doit à
la déconnexion) fuera del horario de trabajo. A partir de 2017, los empleados
de empresas medianas ya no están obligados a revisar la casilla de correo
electrónico laboral ni responder mails cuando no estén dentro del horario
laboral pactado.
¿Todo está en la palma de mi mano?
Tiempo atrás, cuando éramos adolescentes, usábamos las
palmas de las manos para mostrarle a algún amigo “las líneas de la vida”.
Haciendo memoria, en tiempos de escuela siempre había alguien que decía saber
leer las manos. Y nos divertíamos haciendo preguntas y predicciones acerca de
nuestros futuros. Las palmas de las manos son, definitivamente, una parte muy
importante del cuerpo. Son un punto de apoyo, son trabajadoras y amigables. Están
siempre cerca y llegan a casi todo el resto de nosotros.
No debe ser casualidad que hoy en día ese espacio haya sido
ocupado por nuestro smartphone, quizá siguiendo los mismos objetivos.
Preguntale a Google y él te dirá qué te depara el futuro. Te lo dirá ya, en
apenas un segundo, eficientemente y con una exactitud que ya casi no nos atrevemos a cuestionar.
Todo al alcance de la mano. Esa es la promesa que el
marketing que rodea a los smartphones intenta cumplir.
Nos han inducido a creer que necesitamos que todo sea
rápido. Si es posible, inmediatamente. Nos gratificamos con un “me gusta” en
Facebook, o con un mensaje en Whatsapp. Creemos que estamos interactuando con
otros y que multitasking es lo que debemos ser si queremos tener éxito, solo
porque está en nosotros tener todas las ventanas abiertas que queramos.
El problema es que algunos investigadores aseguran que estos
aparatos tienen un efecto negativo en el proceso de toma de decisiones. Está
comprobado que en muchas situaciones nos distraen, al punto de hacernos perder
la noción de espacio mientras los usamos. Ese es uno de los motivos por los
cuales está prohibido usar el celular mientras conducimos un vehículo. La
ventaja obvia de hacer varias tareas al
mismo tiempo es, a la vez, una desventaja. Nuestra capacidad de atención se
encuentra dividida, interrumpida por mensajes que entran continuamente en
nuestro aparato. La consecuencia es un déficit en la memoria debido a un
proceso de atención parcial y un estado de anestesia emocional, y la consecuente
dificultad para tomar decisiones.
Otra consecuencia de los smartphones es el cambio en el
concepto de intimidad, de lo público y lo privado. Por ejemplo, se ha borrado
la línea entre el trabajo y la vida personal, ya que el empleado está conectado
durante todo el día con el entorno laboral a través del mail y el celular.
¿Ser o no ser (invisible)?
Seguramente, todos hemos escuchado debates ardientes acerca
de si las redes sociales son buenas o malas. Nos separamos como sociedad en dos
extremos opuestos: nos gustan o no nos gustan. Pareciera haber un sentimiento
de amor/odio con respecto al uso de las redes. Durante años hemos visto a
personas cercanas decir con orgullo “Yo no tengo Facebook”, casi como un acto
de rebeldía. Y también hemos visto a unos cuantos sucumbir ante lo que parece
inevitable.
Las redes sociales nos sacan del tan temido anonimato. Hemos
reemplazado el miedo a la soledad por el miedo a ser invisibles,
cibernéticamente hablando. La soledad virtual es sinónimo de pocos amigos en Facebook,
pocos corazones en Instagram o pocos seguidores en Twitter. Y la lista sigue.
Si no hay audiencia, pareciera que nadie nos ve. Ser visibles ante los demás o
no ser nadie, ese es el gran desafío. Ser invisibles, estar virtualmente solos,
nos aterra de la misma manera que la posibilidad de que nos rechacen o
excluyan.
Las redes sociales nos han hecho creer la ilusión de que
tenemos el control. Puedo controlar la privacidad, puedo admitir personas en mi
cuenta e incluso ejercer el derecho de permanencia en mi grupo social/virtual.
Puedo eliminar o, incluso, bloquear personas de mi vida con solo apretar una
tecla. Puedo hacer todo eso y más, en la palma de mi mano. Y los otros pueden
hacer lo mismo con uno, así de fácil, con el escudo invisible que les proporciona
la pantalla.
Las redes sociales han borrado las diferencias entre lo
íntimo, lo privado y lo público. Ya no importa lo que “es”, sino lo que se
“muestra”, y cuánto y cómo se lo muestra. Lo virtual nos promete un escape de
la vida real y, curiosamente, caemos en la trampa de creer que lo que allí
sucede, también es real.
¿Será que el hábito de adquirir lo último en tecnología
tiene que ver con la necesidad de ser admirado, reconocido, apreciado? ¿Será
que el lado oscuro de esta panacea virtual está relacionado con la causa de
nuevas patologías, más casos de trastornos de ansiedad en la población general,
más sentimientos de frustración, menos control en otras áreas de nuestras
vidas?
Este libro es un compendio de lo que sabemos, de lo que
estudiamos, de nuestra experiencia profesional y de testimonios recogidos a lo
largo de tantos años dedicados a la clínica, a atender personas con trastornos
de ansiedad y que tienen dificultades con el uso de la tecnología.
Años dedicados a escuchar, a prestar atención, a
reflexionar, a pensar con el paciente adelante nuestro.
Hay mucho por investigar y mucho por hacer en este campo,
que crece a una velocidad que es casi imposible de seguir.
Les compartimos las preguntas que nos hicimos al pensar este
libro, esperando que se apropien de algunas y también sean las suyas, y que
estas páginas se conviertan en una herramienta para algunos, en un aprendizaje
para otros y, quizás, en el puntapié de una consulta generada a tiempo.
Escribimos las respuestas a las preguntas con un eje siempre
en mente. Una pregunta tan cortita y tan compleja a la vez: ¿Qué vida quiero
vivir?
Los invitamos a navegar por estas páginas de papel y a
reflexionar con nosotros.
viernes, 12 de mayo de 2017
¿Cómo nos impacta el estrés?
Los trastornos de ansiedad están
íntimamente relacionados con el estrés, se retroalimentan mutuamente. A mayor estrés, la persona se encuentra más
vulnerable a que se intensifiquen sus síntomas.
Para obtener el alta terapéutica y lograr
una buena calidad de vida es necesario que la persona cuente con estrategias
para su manejo.
Afortunadamente contamos con
tratamientos en varios formatos para enfrentar al estrés de manera más
adaptativa.
¿Qué es el estrés?
La discrepancia entre las demandas
que actúan sobre un organismo, ya sean demandas internas o externas, retos o
metas, y el modo en que la persona percibe sus posibles respuestas a estas
demandas, da lugar al estrés. El estrés es pues definido como una relación particular
entre el individuo y su entorno, donde lo crucial es la percepción del
potencial peligro del estímulo, el cual sobrepasa los recursos para hacerle
frente. Esto demanda un esfuerzo de adaptación para responder a esa exigencia.
Permanentemente en nuestra vida nos
enfrentamos con situaciones estresantes: conflictos y exigencias laborales,
inestabilidad económica, inflación, tránsito, piquetes, inseguridad,
organización familiar, etc. El estrés produce cambios fisiológicos que preparan
al organismo para enfrentar al estímulo amenazante, lo preparan para la lucha o
huida. El cuerpo produce sustancias químicas para obtener fuerza y energía
extras; aumenta la presión arterial, el ritmo cardíaco y la frecuencia
cardíaca, la sangre se dirige a los músculos y al cerebro. Además se inhiben
las funciones que no son necesarias en ese momento.
Esta reacción química ante el estrés
es un proceso fisiológico que evolucionó a lo largo de millones de años.
Vivimos tres millones de años en la selva, tres mil años en la granja,
trescientos en la fábrica y solo unos sesenta con la tecnología moderna. Por
esto la gente reacciona a los problemas de hoy con las respuestas primitivas de
ayer. Cuando el estrés era primordialmente físico, cuando nuestros antepasados
luchaban contra tigres, por ejemplo, realmente tenían que luchar o huir para
sobrevivir. En la mayoría de los casos hoy, el estrés es de naturaleza
diferente. Hoy lidiamos con problemas del mercado, domésticos, laborales….
El estrés de hoy se debe, en parte a
los estilos de vida modernos. La tecnología ha revolucionado de manera radical
nuestras vidas: lo que necesitamos saber, los problemas a resolver, los
aparatos y aplicaciones digitales…han expandido nuestros mundos personales. Se
estima que en la actualidad nos enfrentamos con mil veces más acontecimientos
que nuestros abuelos. Pero el tiempo que contamos para tomar decisiones sigue
siendo el mismo. Y las relaciones personales, que podrían ayudarnos a encontrar
un sentido de pertenencia, con frecuencia son frágiles, cambiantes y complejas.
Este conjunto de reacciones del
organismo representa una respuesta de emergencia para enfrentar el estímulo
peligroso, para luego retornar al equilibrio. Es un mecanismo diseñado para
actuar de forma aguda, como una reacción de corta duración. El problema
sobreviene cuando la respuesta de estrés se prolonga en el tiempo o se presenta
con tal frecuencia que el individuo no puede retornar a sus valores normales.
Es cuando hablamos de estrés crónico.
Las señales del estrés crónico son
tan familiares como perturbadoras: desde tensión muscular, dolores de cabeza,
colon irritable, ansiedad, insomnio hasta patologías más severas como
trastornos psiquiátricos, cardíacos, entre otros. Tenemos la impresión de que
la vida es una lucha, una persistente sensación de pérdida, de estar atrapados,
desesperados e impotentes para obtener nuestros objetivos.
¿QUÉ PODEMOS HACER?
· Soy pasional,
no puedo manejar mis emociones.
· En la familia
somos así, nos afecta todo.
· Estoy
desbordado, no puedo hacer nada.
· Cómo no vamos
a estar mal, si nos pasa de todo.
Estos
pensamientos son característicos de las personas afectadas por estrés.
Pero así como
esos pensamientos y creencias se han aprendido, se pueden reaprender otros
modos de interpretar los acontecimientos, más realistas.
Ocuparse de
las cosas que le interesan, contribuye a que se logre una buena alianza entre
cada uno y su entorno. Cuando uno sabe lo que quiere, lo que puede
hacer y lo que su ambiente le ofrece, puede tener una visión más realista
con sus expectativas y decisiones.
El conocimiento es el primer paso para
lograr el autocontrol.
Actualmente
contamos con estrategias para aprender a reducir el estrés que depende de cada
uno, y amortiguar el impacto de los estímulos que no controlamos.
No podemos
anular el estrés, pero sí podemos vivir mejor si lo manejamos de manera
adecuada.
Lic. Verónica
Tamburelli
jueves, 5 de enero de 2017
¿Qué es la Fobia Social? ¿Cómo se trata? ¿Individual o grupal?
Desde hace mucho tiempo a María le gusta Juan, sin
embargo cuando logra aproximarse, todo intento de iniciar un diálogo queda
arrasado ante el bloqueo mental y, en consecuencia, un fuerte sentimiento de
frustración se apodera de ella. Se repiten, una y otra vez, frases como “se va
a dar cuenta que estoy nerviosa”, “percibirá que soy una tonta”, “no le voy a
gustar”.
Gustavo decidió realizar una consulta médica,
cansado de que el temor a hablar en público impacte negativamente en su calidad
de vida. Progresivamente fue incrementando el número de actividades que
necesitaba evitar para aliviar su ansiedad, convenciéndose con frases como “no
tengo ganas, me aburro”, “estoy
cansado”, y así lograba permanecer
durante la mayor parte del día en su casa y en soledad, con un estado anímico
decaído.
Como María y Gustavo, muchas son las personas con
Trastorno de Ansiedad Social (TAS), que sienten un intenso malestar y/o una
ansiedad desmedida en diversas situaciones sociales, durante las cuales el
temor a ser observados y evaluados negativamente cobran protagonismo.
Pensamientos del estilo: “se darán cuenta que soy un
incompetente”, “percibirán que estoy nervioso”, desencadenan un amplio abanico
de síntomas como sudoración, ruborización, alteraciones en el tono de voz,
bloqueo mental, palpitaciones, tensión muscular, malestar gastrointestinal,
sensación de ahogo. Muchos de ellos fácilmente percibidos por el interlocutor,
lo que contribuye a la retroalimentación entre el miedo, la ansiedad y la evitación,
propios del TAS.
Escenarios como hablar por teléfono o comer en público,
dialogar con desconocidos o con personas de autoridad, asistir a una fiesta, o
el simple hecho de caminar por la calle, se convierten para estos pacientes en
una verdadera odisea.
El aspecto común a estas situaciones es el temor
excesivo a la evaluación negativa, cualidad básica en los sujetos con fobia
social. Vale aclarar que el individuo no sufre por el temor a las situaciones
sociales propiamente dichas, sino a la posibilidad de ser juzgados
negativamente en ellas (independientemente de la situación). Lo que sucede es
que estos pacientes perciben una simple “probabilidad” como un hecho concreto,
es decir sobrestiman la chance de ser observados, rechazados o ridiculizados, y
en consecuencia mantienen un constante estado de hiperalerta (agotador y
estresante) ante una amplia variedad de escenarios percibidos como amenazantes.
Sentir ansiedad en determinados escenarios es algo frecuente
(y hasta podría decirse esperable) entre la gente, sin embargo, cuando la intensidad
es elevada, como la frecuencia de aparición y de duración, y el grado de
conducta de evitación es constante, hablamos en términos de Fobia Social.
La Fobia Social
puede ser tratada con eficacia por medio de la Terapia Cognitiva Conductual,
cuyo tratamiento plantea procedimientos empíricamente validados.
Tradicionalmente se ha dividido el tratamiento cognitivo-conductual
de la fobia social en cuatro tipos de procedimientos:
Estrategias de
relajación: proporcionarán al paciente medios para
afrontar la ansiedad.
Entrenamiento en
habilidades sociales: enseñar habilidades
sociales adecuadas, tanto verbales como no verbales, con el fin de mejorar las
competencias y conductas interpersonales.
Exposición a las
situaciones temidas: estrategia básica de
la intervención con pacientes con fobia social. Con el objetivo de que el
sujeto logre superar la evitación, y pueda exponerse gradualmente a las
situaciones temidas para que la ansiedad disminuya.
Reestructuración
cognitiva: los factores cognitivos juegan un rol
determinante en el desarrollo de la fobia social. Vimos que el temor al
escrutinio o a la evaluación negativa, constituye un problema en la percepción
de la conducta y los motivos de los demás. Por lo tanto, las intervenciones que
aborden las percepciones y los pensamientos distorsionados serán relevantes
durante el tratamiento.
Sin dejar de mencionar la psicoeducacion, estrategia terapéutica mediante la cual se brinda
información al paciente acerca de la enfermedad, para proveerlo de herramientas
que le permitan ser proactivo en el tratamiento y la comprensión de su
enfermedad.
La Fobia Social, es uno de los cuadros psicopatológicos
que mayor beneficio obtiene con
tratamientos terapéuticos de formato grupal. Porque la modalidad del
encuadre propicia las condiciones necesarias para que el sujeto pueda afrontar
aquello justamente genera ansiedad: la interacción social.
Bajo un ambiente de confianza, vinculado a personas
con idénticas dificultades, coordinado por profesionales, se generan las
condiciones adecuadas para que progresivamente el paciente disminuya la
sintomatología.
Lic. Brenda
Campos
domingo, 23 de octubre de 2016
¿Si el ataque de pánico se va, la ansiedad vuelve?
Juan tiene 25 años. Hace 6 meses
comenzó con ataques de pánico. “Tenía taquicardia, opresión en el pecho, sensación de falta de aire,
visión borrosa, entumecimiento de los brazos y piernas. Pensé que me moría, que iba a tener un ACV o
un infarto. Fue horrible, tenía mucho miedo.”
En dos oportunidades se despertó
en plena noche con un ataque de pánico. Realizó diversas consultas médicas, concurrió al clínico, cardiólogo y
neurólogo. Finalmente, le indicaron tratamiento con ansiolíticos para calmar
las crisis. Los ataques de pánico desaparecieron pero cada tanto tenía algunos
síntomas y no volvió a ser el de antes.
“Tomo la medicación pero me siento cada vez
peor, no puedo hacer nada, tengo miedo de que vuelvan las crisis”. “Mis padres
piensan que soy un vago, mis amigos ya no me llaman.” “No voy a poder volver a
trabajar”.
Juan no solo no trabajaba, sino
que apenas podía salir solo, a pocas cuadras de su casa. No viajaba solo en
transporte público por temor a “descomponerme, que me agarren las crisis”. Casi
todo el día estaba pendiente de su cuerpo y de sus síntomas.
Cada vez que se sentía mal tomaba
ansiolíticos, pero el efecto duraba unas horas, aunque aumentara la dosis. La
calidad de vida de Juan estaba totalmente afectada.
¿Qué es el ataque de
pánico?
Llamamos ataque de pánico a la aparición repentina
de un miedo intenso seguido de una serie de síntomas entre los que se cuentan:
1. Palpitaciones o
taquicardia
2. Sudoración
3. Temblores o sacudidas musulares
4. Sensación de ahogo
5. Sensación de atragantamiento
6. Opresión o malestar en el pecho
7. Náuseas o molestias abdominales
8. Inestabilidad, mareo o sensación de desmayo
9. Sensación de irrealidad o despersonalización (sentirse desconectado
del cuerpo)
10. Miedo a volverse loco o descontrolarse
11. Miedo a morir
12. Hormigueos o entumecimiento muscular
13. Escalofríos o sofocaciones
¿Qué es el trastorno de
pánico?
Es una enfermedad muy frecuente. Una de cada 30
personas la padecen. Suele comenzar entre los 20 y 30 años. Tiene un origen
multifactorial (genética, neurobiología y factores de crianza y ambientales).
No solo se caracteriza por los ataques de pánico sino por el miedo sufrir una
nueva crisis: ansiedad anticipatoria (miedo al miedo). Esto afecta
negativamente la calidad de vida de las
personas que lo padecen en amplios aspectos: académico, laboral, familiar y
social.
¿Qué es la agorafobia?
Es una patología altamente asociada con el
trastorno de pánico, y por lo general secundaria a este. Es el miedo intenso a
sentirse solo, sin escape y sin poder recibir ayuda en caso de sufrir un ataque
de pánico. Esto se suele generar en determinados lugares o situaciones como por
ejemplo: subte, colectivo, avión, cine, shopping o aula. Las personas comienzan
a evitar estos medios de transporte o situaciones. O las afrontan con alto
malestar o acompañados.
En el caso de Juan…
Ya no sufría ataques de pánico
pero lo que condicionaba su vida era la ansiedad anticipatoria y la agorafobia.
Y probablemente de seguir así, comenzará con síntomas depresivos.
Hoy en día, en la mayoría de los casos, puede
lograrse la recuperación. Sin embargo
Juan no realizó tratamiento específico por un especialista en el tema y no
recibió la medicación adecuada (combinación de ansiolíticos benzodiacepínicos
con inhibidores selectivos de recaptación de serotonina, ISRS). Otro ausente
fue la Terapia Cognitiva Conductual (TCC), pilar fundamental del tratamiento de
los trastornos de ansiedad. La TCC incluye: psicoeducación del paciente y su
familia, reestructuración cognitiva, técnicas de exposición y entrenamiento en
relajación.
Dra. Laura Liceaga
lunes, 8 de agosto de 2016
Los videojuegos también pueden generar adicción
Se denomina gamer a toda persona que juegue
videojuegos. Dentro de estos hay diferentes clasificacione:
Casual: son aquellos
que no se preocupan por conseguir importantes objetivos en los videojuegos, no
le dedican mucho tiempo, tampoco son fanáticos de un videojuego en particular,
sino que juegan a muchos de ellos con poco interés en mejorar sus habilidades
para sobresalir.
Regular: se refiere
a una persona que juega de forma habitual, tiene ciertos conocimientos de los
videojuegos, pero a diferencia de los hardcore,
no buscan un gran desafío. Son competitivos pero no tienen gran interés por ser
los mejores.
Duro (hardcore): son los que pasan gran cantidad de
horas al día jugando. Buscan lograr objetivos constantemente y tener máximos
puntajes. Siempre buscan grandes retos, son altamente competitivos y disfrutan
demostrando sus habilidades. Algunos llegan a ganar dinero en competencias de videojuegos y
no es solo un entretenimiento sino un modo de vida.
Profesional: son
jugadores con habilidades sobresalientes, por lo cual son considerados expertos en las comunidades gamers. Muchos de ellos se inscriben en
torneos nacionales, llegando a jugar luego internacionalmente, ganando grandes
sumas de dinero y siendo admirados e imitados por otros miembros. Son famosos
entre los gamers.
Ahora bien, hay que diferenciar entre aquellos que lo hacen
profesionalmente, de los que se convierten de forma silente en adictos a los
videojuegos.
La adicción a los videojuegos es una adicción comportamental. Las mismas son
trastornos que se ubican entre las adicciones y el trastorno obsesivo
compulsivo, asociado a múltiples actividades humanas, que no están relacionadas con la ingesta de
sustancias químicas. Son capaces de generar tolerancia, abstinencia,
dependencia y pérdida del control al igual que una droga.
Son una adicción, ya que así como un verdadero adicto necesita las drogas,
las personas que padecen una adicción comportamental no pueden dejar de repetir
la conducta. Si no logran realizar dicha conducta, se observa un alto nivel de
ansiedad que sólo disminuye cuando se genera la conducta.
Muchos jugadores profesionales quieren dejar en claro que ellos no son
adictos. Entrenan como, por ejemplo, una persona que quiere ganar campeonatos
de ajedrez o competencias matemáticas. Se diferencian del adicto, en que se
toman descansos, no pierden sus amistades, si son adolescentes (como lo son la
mayoría) priorizan sus estudios, y si por alguna razón deben suspender un
videojuego, no les genera ansiedad, como sí le pasaría a un adicto.
Se reportaron casos muy graves de adolescentes, mayormente en Corea del
Sur, que terminaron en cuidados intensivos por no comer, beber ni dormir
durante gran cantidad de horas para no suspender un juego. Un adolescente, el
año pasado, se cortó su mano porque no podía manejar su adicción. A estos
extremos se está llegando. Y aunque en Argentina aún no se conocen casos tan
severos (no quiere decir que no los haya), la gran cantidad de horas que
adolescentes pasan jugando, dificultando tareas escolares, relaciones sociales,
laborales y familiares, nos hace encender una luz de alerta y comenzar a
preguntarnos qué podemos hacer para manejar estas situaciones que día a día nos
sorprenden y van en aumento.
Se han hecho estudios comparativos entre personas adictas a videojuegos y
personas que no lo eran. Se compararon los resultados y se observó que en los
adictos, las áreas cerebrales que se activaban eran similares a las áreas que
se activan en pacientes adictos a cocaína o al tabaco.
Podríamos enumerar algunas características que debemos tener en cuenta a la
hora de preguntarnos si alguien padece una adicción a los juegos en línea:
1.
Estas personas pasan mucho tiempo
preocupados por los videojuegos en internet (por ejemplo, pasan horas pensando
en estrategias y modos de mejorar en el juego cuando no están conectados)
2.
Presentan síntomas de abstinencia si
se los aparta del videojuego (irritabilidad, mal humor, tristeza, preocupación)
3.
Desarrollan lo que denominamos tolerancia
(es decir, cada vez se necesitan jugar más horas para satisfacer la adicción)
4.
Hacen infructuosos intentos de controlar
la participación en juegos online (por ejemplo, se proponen jugar una hora y
terminan jugando cinco)
5.
Pierden el interés por otros
pasatiempos o entretenimientos
6.
Juegan de forma excesiva a pesar de
tener conocimiento de los problemas psicosociales que se pueden generar
7.
Suelen ocultar a los miembros de su
familia, terapeutas u otras personas de su entorno, la cantidad de tiempo que utilizan
jugando online
8.
Utilizan este tipo de juegos como
método para evadirse o aliviar un estado afectivo negativo (ánimo deprimido o
angustia)
9.
Suelen perder amistades, trabajos,
oportunidades académicas debido a su participación en videojuegos online
En cuanto a la población mundial, se observa una gran cantidad de
adictos en países asiáticos y en
adolescentes varones de entre 12 y 20 años de edad.
Muchos de los gamers adictos
tienen algunas características en cuanto a personalidad. Suelen ser personas
introvertidas, de
baja autoestima, buscadores de sensaciones, tímidos, fóbicos sociales, con
déficits cognitivos y en algunos casos adictos a sustancias químicas. También
se pudo observar que algunos eran víctimas de bullying (abuso escolar) desde muy pequeños.
Se pueden
sugerir algunas estrategias de prevención:
- Padres y educadores deben ayudar a niños y adolescentes a desarrollar y mejorar la habilidad de la comunicación frente a frente, sin aparatos tecnológicos de por medio
- Limitar el uso de la computadora y pactar las horas de uso de videojuegos
- Fomentar las relaciones sociales y potenciar otras aficiones como la lectura y actividades culturales. Estimular el deporte y las actividades en equipo
- Desarrollar actividades grupales
- Estimular la comunicación y el diálogo en la propia familia
- Ubicación de las computadoras en lugares comunes de la casa
- A veces los adolescentes se rebelan contra sus padres, pero si escuchan la misma información de una figura de autoridad diferente, pueden ser más propensos a escuchar
En
resumen, el diálogo y confianza con
nuestros hijos es la pieza fundamental para comenzar a tratar este problema. El
uso de videojuegos de modo compulsivo puede ser el signo de problemas más
profundos, por lo cual debemos estar atentos y no preocuparnos sino ocuparnos
si se nos presentan las dificultades mencionadas en el artículo.
Dra. Carolina Quantin
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